Los textos a continuación fueron producidos en el marco del taller de crítica de cine coordinado por Leandro Arteaga en la Facultad Libre.

El mal entre nosotros
Autora: Daniela Colonnello

Es notable ver una película sobre nazis escapados de Alemania y camuflados en otros países apenas finalizada la segunda guerra. Pensando en los medios de comunicación de aquella época, sin el “tiempo real” de hoy, es de imaginar que habrá sido shockeante imaginar esa posibilidad. Más aún en Estados Unidos, gran ganador y nuevo defensor mundial de la cultura y la democracia occidental. Para agudizar la sensación de inverosimilitud, Orson Welles sitúa la historia en Harper, un pueblo idílico donde reina el orden y la armonía, donde todos los vecinos se conocen, las personas entran a un bar, se sirven solas y se da por sentado que pagan lo que corresponde a la salida. Allí se instala Franz Kindler, el jerarca nazi interpretado por el mismo Welles, luego de huir de una Alemania en caída asegurándose de no dejar rastros de su existencia. Sin embargo, no cuenta con la astucia y la persistencia de un investigador aliado -Mr. Wilson (Edward Robinson)-, que identifica el eslabón de la cadena de mando que puede llevarlo hacia él y despliega su propia estrategia.

Devenido Charles Rankin, Kindler tuvo la capacidad de convertirse en un profesor de una institución educativa de Harper y casarse con Mary Longstreet Rankin (Loretta Young)-, la hija de un juez de un alto tribunal de justicia. Reconocido y respetado, sigue siendo alguien que llegó de afuera, el extraño. Y los extraños, tarde o temprano, siempre traen problemas.

A través de los personajes principales y secundarios -y hasta del reloj de la torre de la escuela-, el relato dará pistas desde el inicio de que el criminal perseguido será descubierto. Sin embargo, sus complejas maquinaciones, los contragolpes del inspector y los imprevistos que se cuelan, logran que el desarrollo de la película sorprenda hasta la escena final, que encontrará al pueblo entero movilizado.

Es que el perfil culto y atildado de Rankin-Kindler dejará lugar a su costado monstruoso una vez que se sienta en peligro y tenga que sortear una complicación tras otra para no ser descubierto. La tensión sólo irá en sentido ascendente y no decaerá sino con el desenlace mismo de la historia.

Todo reforzado por la música, la iluminación y sobre todo, la gestualidad de Welles, que sin tener los clásicos rasgos duros de un SS, puede estallar de furia al verse acorralado, y luego recuperar la calma y hablarle amorosamente a su esposa despueś de desaparecer en su fiesta de boda para enterrar un cadáver.

Mary es una típica nativa de Harper, un pueblo donde la hija de una de las familias más acomodadas le abre la puerta a un desconocido y le da información sobre los movimientos de su marido sin dudar ni hacer preguntas. “Acá no hay nada de que temer”, le recuerda a su hermano cuando le toca volver sola a su casa. Mucho menos de un nazi. Ni siquiera le creerá al tenaz y minucioso Mr. Wilson, cuando el investigador pretenda desenmascarar al hombre con quien duerme.

Hacia el final, cuando no hay más espacio para la ingenuidad, también juega su parte de heroína y atraviesa el cementerio en una noche invernal, vestida con múltiples capas de gasa y tapado de piel, decidida a resolver el drama que la envuelve. Mr. Wilson, el otro gran coprotagonista, es el portador del mensaje. Ya en la primera escena anuncia su deteminación de terminar con “la obscenidad” del nazismo. No importa el tiempo que se tomaron los norteamericanos para involucrarse en la guerra. Ahora son los gendarmes del mundo. Por eso, tras el desenlace, le desea “felices sueños” a Mary sonriente; el bien vuelve a reinar en Harper.


Sombras, misterios y epifanías
Autor: Luciano Pascual

Desde las sombras el detective Wilson (interpretado por el carismático Edward Robinson) deberá perseguir de cerca a un ex soldado nazi a través del océano hasta una pequeña localidad de Connecticut para encontrar a Franz Kindler (interpretado por el director mismo de este film), un ex miembro del alto mando del recientemente derrotado ejército alemán, quien toma la identidad de Charles Rankin quien se dedica a la docencia y a tener una vida aparentemente normal, estando próximamente a casarse con Mary Longstreet (interpretada por la hipnotizante mirada de Loretta Young), quien deberá atravesar un difícil camino hacia la verdad sobre su flamante esposo.

La película comienza con una seguidilla de escenas de gran categoría donde nos mostrarán con una delicadeza y exquisitez como deben utilizarse los recursos filmográficos para introducir al espectador en la tensión que genera perseguir a un sujeto con los riesgos de ser descubierto. Más adentrado en la trama veremos como se va desenmascarando al villano mediante escenas bien cuidadas donde reinan los detalles que tanto deleitan a un fanático del cine, pero con ciertas falencias en el guion que hacen que la trama sea un poco sosa y hasta por momentos extraña.

Todo esto se subsana un poco debido a la absoluta linealidad de la historia y un poco debido a las notables actuaciones de sus tres protagonistas. No tardarán en ir desembrollando el hilo de este conflicto mediante escenas geniales como la cena donde el mismo Welles nos da su pensamiento sobre el pueblo alemán o la escena donde la nerviosa Young destroza un collar de perlas frente a semejante conflicto interno en la que se ve implicada.

Todo lleva un ritmo sobrio, intrincado y tortuoso, donde el que no quiere ser descubierto hace de las suyas para lograr su cometido y el detective trata de hacer su trabajo y a la par hacer entrar en razón a una esposa totalmente reacia a ver la realidad.

Un final realmente estrepitoso, escueto y esperado. Casi como subir a un tobogán bien alto con mucha dificultad para luego deslizarse con total velocidad hacia abajo dándonos esa sensación de acción lenta y tediosa para luego desembocar en algo mucho más fluido y en apariencia más rápido. En el momento final, la protagonista se vuelve heroína tratando de asesinar al malvado, pero no tarda en verse en apuros cuando el detective llega a su rescate y todo culmina en escenas repletas de acción y drama de una manera realmente deslumbrante.


El mal agazapado en el corazón del imperio
Autora: Gisela Mattioni

“El extraño”, de 1946, es el tercer largometraje dirigido por Orson Welles. Realizado poco luego de concluida la Segunda Guerra Mundial, es el primer film que muestra imágenes filmadas en campos de exterminio nazis.

Con un comienzo misterioso y sugerente se nos plantea el dilema de la comisión internacional aliada que busca entregar a la justicia a los culpables de semejantes crímenes: ¿cómo atrapar a Franz Kindler, uno de los ideólogos del genocidio llevado a cabo por el nazismo, que ha borrado todo registro que permitiera identificarlo y huyó hacia un destino desconocido? La propuesta de Wilson, el investigador estadounidense interpretado por Edward G. Robinson, es una más que cuestionable: liberar a Meineke, un nazi condenado que ejecutaba las órdenes de Kindler, para que los conduzca a él.

Mientras lo vemos expresar vehementemente esta propuesta, Wilson rompe la pipa que siempre lo acompañará enmedada y sobre la que la cámara se detendrá para permitirnos identificar al personaje en las escenas de seguimiento. De estas destaca en especial la escena que transcurre en un innombrado país latinoamericano, donde Meineke viaja inicialmente para averiguar adónde encontrar a su anterior jefe. Una de estas escenas es un breve plano secuencia que, junto con el uso contrastado de luces y sombras, se nos revela como precursora del inicio del film “Sed de mal” de 1958, con el que, según plantean ciertos críticos, Welles cierra el período clásico del policial negro. Como sucedió con todos los films de estudio de este director realizados luego de “El ciudadano”, buena parte de “El extraño” fue recortado, incluyendo el desarrollo de la persecución latinoamericana en estas escenas iniciales.

La búsqueda de Wilson recala en un pequeño y apacible pueblo estadounidense que alberga al “extraño” del título. Alguien que no es originario del pueblo y sin embargo fue aceptado por su comunidad: enseña a jóvenes de una prestigiosa y acomodada escuela, interactúa con sus vecinos y, está a punto de casarse con la hija de un juez, el broche de oro para consolidar la fachada perfecta. Kindler se vuelve Rankin. Nadie desconfía de él, todos los han aceptado. Excepto el hermano de su futura esposa, que alberga un cierto malestar hacia su figura y se volverá el aliado de Wilson en su investigación.

Este film puede considerarse entonces uno de los pioneros de la serie de films que se desarrollarán más intensamente a partir de la década del ‘50 y tematizarán, en general de manera paranoica, la presencia del elemento extraño al cuerpo social que a simple vista no es reconocible pero esconde ideas o prácticas cuestionables y reprobables, en el marco de la consolidación de la guerra fría y de la caza de brujas contra ideologías de izquierda llevada adelante en E.E.U.U. por el Comité de Actividades Antiamericanas.

Sin embargo, el film, como señalan algunos críticos, no deja de palidecer frente a “La sombra de una duda” dirigido por Alfred Hitchcock en 1943, film que también aborda una historia que demuestra, con un argumento igualmente inverosímil, aunque ejecutado más brillantemente, lo inquietante que puede llegar a ser sospechar la maldad oculta en un apreciado miembro de la familia y de la sociedad, también el marco de un pequeño pueblo estadounidense.

En “El extraño”, quién se ve atravesada por la duda, no es la sobrina del sospechado, como en el film de Hitchcock, sino su propia esposa. Mary Longstreet, hija de un juez, se enamora perdidamente de Rankin y acepta tanto sus imposiciones (por ejemplo, que éste encierre, ate y finalmente mate a su querido perro porque puede descubrir el cadáver de Meineke) como sus explicaciones acerca de su accionar presente y pasado. Rankin llega incluso a confesarle a Mary el asesinato de Meineke con el justificativo de un chantaje por la muerte accidental de una novia de universidad. Tal y como se nos muestra en el film a través del uso de la iluminación (la pareja suele estar en sombras o Kindler/Rankin aparece como una sombra amenazante sobre Mary), esta pareja no podrá tener su final feliz, básicamente por la maldad intrínseca del protagonista que es incapaz de amarla y se decide a deshacerse de ella en cuanto se vuelve un peligro para él: ocultar lo que sabe, más la duda que Wilson ha sembrado en ella contándole sus sospechas de que Rankin es un nazi escondido bajo una identidad asumida, llevan los nervios de Mary al límite, lo que puede hacer que termine confesando la verdad de lo que sabe.

Si uno se pregunta quién es el protagonista del film, es válido albergar dudas al respecto. Tanto Robinson como Welles comparten la cartelera y disfrutan de casi la misma cantidad de tiempo en pantalla. Desde ya que no quedan dudas con respecto a quién es el héroe y quién el villano en esta historia, como queda bien claro en las imágenes del reloj de la torre de la iglesia que abren y cierran el relato: el santo que persigue al demonio; santo que con su espada alcanzará y finalmente atravesará a Kindler, el verdadero demonio, el mal encarnado. Esta escena final subraya el maniqueísmo de la historia y de los personajes: no hay aquí grises ni rasgos humanizantes o contradictorios en los personajes, se trata de una historia del bien (Estados Unidos – Wilson) contra el mal (el nazismo – Kindler). El único personaje mínimamente atravesado por una contradicción es el de Mary, al mentir, aunque sabe que es incorrecto, para encubrir a su marido que ha dado falsos justificativos para su accionar, transgresión la mujer que lleva a cabo básicamente porque ama a su esposo y se rehúsa a creer que sea posible que éste haya cometido semejantes crímenes y haya engañado a todos de la manera en que lo hizo.


El extraño: la justicia al son de las campanadas del tiempo
Autora: Lorena Arroyo

Diferentes tomas de un gran reloj antiguo son el fondo sobre el que se imprimen los títulos principales de El Extraño, anticipando no solo que la torre de este reloj será un escenario clave en la película a medida que avance esta historia, sino también el rol que los relojes van a tener en la develación de su trama: Franz Kindler, el extraño, el antagonista de esta historia, es un criminal de guerra nazi de quien no se sabe nada salvo su afición por los relojes, y esa es la única clave que tiene el inspector Wilson, agente de la Comisión de Crímenes de Guerra, para encontrarlo.

Siendo la tercera película dirigida por Orson Welles, no le faltaron toques típicos de autor desde su comienzo, aunque quizás usados con menos audacia que en El Ciudadano Kane. Así, por ejemplo, en la escena inicial una cámara en movimiento traspasa sin pedir permiso la puerta de una oficina que dice ´Comisión aliada de crímenes de guerra´, dejándonos espiar al protagonista planeando la táctica para hallar a Kindler (aunque esta vez no hay ningún cartel prohibitivo que desafíe ese paso).

Tampoco faltan contundentes planos picados y contrapicados, como los hay en la secuencia inicial de la persecución integrante a un misterioso hombrecillo, cargada de música densa y fuertes juegos de luces y sombras. Se trata de un prisionero Nazi que fue camarada de Franz Kindler, de quien ni el protagonista ni los espectadores sabemos a dónde va con tanta prisa. ¿Nos conducirá hacia el fugitivo? Una de las secuencias más atractivas de este clásico de cine negro estrenado en 1946.

Una postal con una dirección nos lleva al escenario donde se va a emplazar el relato y su desenlace: la torre del reloj de la Plaza central de Harper, un pueblo de Connecticut, Estados Unidos, donde reina la tranquilidad y todo es rutinario y predecible hasta que su comunidad descubra la verdadera identidad del profesor de la escuela, recién casado con Mary Longstreet, la hija de un reconocido juez de la ciudad, interpretada por Loretta Young.

Pero aunque el relato nos confiesa pronto a los espectadores la verdadera identidad del maestro (interpretado por el propio Welles), al detective y a todo el pueblo le va a costar descubrirlo. Y de esto se trata esta película, el paso a paso hasta encontrar pistas fehacientes que nos conduzcan a este fugitivo, donde la tensión va aumentando a un ritmo in crescendo hasta la develación final, en el marco de un montaje prolijo, cuidado y perspicaz en ocasiones, y placentero a la vista.

Ningún personaje, acción o escena es azarosa y todo va acercando al protagonista con el descubrimiento del criminal. Por ejemplo, ¿por qué se le da tanta presencia a Red, la mascota de Mary, casi como si fuera un integrante más de la familia desde el comienzo? Quizás porque nos conduzca con sus patitas y olfato inquieto a un descubrimiento clave. ¿Por qué la cantina del pueblo y su pintoresco dueño, el Sr. Potter aparecen de forma recurrente, porque es razonable que como todo administrador del principal comercio de pueblo, sepa y vea muchas cosas, y a través de unas partidas de damas pueda proveer muy rica información.

La revelación: a través del cine

¿Cómo logra Mary convencerse de que su esposo no es quien dice ser sino un mentor del genocidio Nazi? ¿Cómo se le reveló su verdadera identidad? A través de un proyector que plasma las imágenes con registros (reales) de las atrocidades de los campos de concentración. De esta manera, el cine y el proyector, tienen un rol revelador: desnudan y confirman de manera incuestionable las verdades que tenemos tan cerca y que no queremos ver, incluso aunque estemos enceguecidos de amor. En esta película, por primera vez Hollywood presenta registros reales del Holocausto.

Un tenso final

El arreglo de reloj parece empezar a marcar las horas a Franz Kindler, que con sus fuertes campanadas inquieta cada vez más al espectador, pero también a todo el pueblo de Harper, no acostumbrado a la idea de tener un genocida formando a sus hijos, ni a que el reloj ande bien.

Pero también, la presencia constante del reloj quizás plantee que, con el paso inevitable del tiempo, la justicia llega: tarde o temprano, a todos a todos los criminales Nazis les llegará su hora, se escondan donde se escondan. Y para no ahorrar ideología, qué mejor que sea de la mano de una justicia estadounidense, lo que refuerza los ideales liberales, y posiciona bien a las fuerzas aliadas en contexto de posguerra.

Un final esperado, feliz, correcto y aliado para esta película de Orson Welles, quien la rompió con el Ciudadano Kane años anteriores, optando en este caso por una propuesta prolija, de gran calidad, perfecta intriga e intenso final, pero que no toma riesgos.

Un guiño

Emanuel Goldemberg, mejor conocido como Edward G. Robinson, es el protagonista de esta historia. Este reconocido actor es de origen rumano y familia judía, y durante su infancia vivió en una comunidad Yiddish. ¿Quién mejor que él para cazar a un Nazi?

Patricio Irisarri

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