Los textos a continuación fueron producidos en el marco del taller de crítica de cine coordinado por Leandro Arteaga en la Facultad Libre.


Un western de menor cuantía
Autor: Adhemar Principiano

En la historia del cine americano Pasión de los fuertes está considerada la película oficial, hecha por J.Ford –entre las muchas que se realizaron en Hollywood-, sobre lo sucedido alrededor de Wyatt Earp en los hechos del O.K. Corral. El vaquero Wyatt Earp [Henry Fonda] es un ex-sheriff con una trayectoria trascendente, de acción, diestro en el manejo de las armas, apoyado por sus tres hermanos, que se dirige a California llevando una manada de ganado para la venta. En su viaje, al cruzar el pueblo de Tombstone, comienza su via crucis. En una noche pierde a su hermano menor y su ganado. Desde las primeras secuencias del film, con sus planos generales y la profundidad de campo filmadas en largas tomas en el Monumental Valley [The Ford Country], el director pinta al hombre del oeste, el conquistador de esas tierras con el aborigen en su lucha permanente, violento y forjador de la ley que lo favorezca en sus ideales [que es la tierra donde fundara su existencia] y el conflicto de la Ley o el libre albedrio.

Inocencia o corrupción. El colono blanco. La ley del revolver o la horca. La frontera el territorio de la aventura. Un espacio indefinido. Los acontecimientos se le imponen, y en su lucha toma la resolución de colgarse la placa de comisario. No tolerará que un indio “borracho” lo moleste cuando se afeite y hará surgir toda la intolerancia, marcada por su racismo, hacia el indígena. A partir de allí, comienza el trabajo por descubrir quiénes fueron los asesinos y robaron su ganado. Mientras espera la ocasión, su imagen de personaje aumenta y va colocando al pueblo [sin ley] en el rigor y la disciplina. En un momento entabla una relación, que luego será amistad, con otro personaje de la narración, Doc Holliday [Victor Mature], fuera de la ley, consumidor de alcohol y tuberculoso pero, pese a un lado oscuro, un noble en su nobleza de amistad, perdiendo la vida en las ultimas secuencias en ayuda de ese cobwoy noble y derecho.

El vaquero, en su larga y dilatada vida de comisario, a la espera que desencadene la acción que lo lleve a los culpables, hace gestos que escapan a su función, al tratar de hacer el novio con la maestra que llega al pueblo, en busca de Doc. También actúa en proteger al actor teatral que representa a Shaskepeare. Y al final se desencadena el clímax con el tiroteo en O.K. Corral, previo a las escenas donde se evitará que Doc huya para hacer la labor de médico y asistir a la prostituta del lugar, quien luego de agradecerle a Doc su labor, muere, porque es el “pecado” que no tendrá espacio en el nuevo orden social. Wyatt logra el objetivo de esperar los acontecimientos, y liquidar la banda de asesinos y salteadores del pueblo con la satisfacción de haber cumplido su misión. El héroe abandona la escena, no tiene lugar en esa esclavitud del puesto.

Clementina continua, es el símbolo de la estabilidad, es la mujer que acompañará el mañana del pueblo. Alejándose con sus hermanos hacia un porvenir, tal vez desconocido. En mi pensamiento no es lo mejor que realizó Ford. La película es de un tono melancólico e ingenuo. Un western de menor cuantía.


La culpa (no) es de Shakespeare
Autor: Diego Laporta

Extraña cualidad es la del poblado de Tombstone, donde los cielos están siempre nublados y ofrecen los fondos apropiadamente dramáticos para los primeros planos de los protagonistas de esta película. Al parecer, en este lugar del lejano oeste estadounidense de fines del XIX está siempre nublado de día, donde unos realmente hermosos planos generales hacen relucir la lacónica geografía del lugar. Planos, además, con una impresionante profundidad de campo, tan bien utilizada que nos estimulan a concentrarnos en la compleja interioridad de los protagonistas: el sheriff Wyatt, Doc, Chihuaha y la (no) querida Clementina. Es de suponer que de noche también el cielo permanece nublado. No se aprecia esto en demasía en el film porque la noche es el momento de la taberna, donde las grandes masas de vapor de agua son reemplazadas por el humo, la música envolvente, las risas, el póker, las bebidas, las balas. La noche es también, salvo en el final, el tiempo de los muertos. Igualmente relevante es el trabajo de iluminación que presenta el film, aportando al claroscuro de los personajes.

Esta película de John Ford, de 1946, es un drama que traspasa el género western, y que bascula entre la conflictividad de los protagonistas, tensionados en clave romántica, y entre un interés en dar con los responsables de un hecho delictivo. Esto último va configurando un desenlace anunciado, que queda algo diluido en el transcurso de la narración audiovisual.

“Los hermanos sean unidos”, decía nuestro vaquero argentino y así es cómo empieza esta película, con un grupo de cuatro hermanos, los Earp, abocados a la actividad de la ganadería, trasladando animales de un lugar a otro, pasando por el pequeño pueblo de Tombstone, un lugar al borde del abismo del desierto. Tres de los hermanos, de noche, se dirigen al pueblo, dejando a James, el menor de ellos, al cuidado de las vacas. Al regresar lo encuentran sin vida, con el ganado arrebatado. Alguien del pueblo es el culpable de este dolor. Entonces Wyatt, uno de estos hermanos, regresa a Tombstone a tomar el puesto de sheriff que le habían ofrecido antes. O sea se constituye en ley en un lugar sin ley, se calza la vestimenta de la justicia con el fondo de la venganza. Ser sheriff por una temporada, alega. A pesar de su pasmosa tranquilidad, a pesar de su inexpresividad cotidiana, de su seriedad y rigidez, en él parecen haber hecho mella las palabras de Hamlet (enunciadas en el film por el actor de la compañía teatral que visita al pueblo):

“¿quién soportaría los azotes e injurias de este mundo,
[…]
la tardanza de la ley,
[…]
pudiendo cerrar cuentas uno mismo con un simple puñal?

Wyatt retuvo ese puñal hasta el último momento, hasta encontrar (¿por casualidad?) a los culpables de la muerte de su hermano. No hay clemencia que valga. Este personaje bien podría decir. “yo soy la ley; yo hago lo que hago porque soy la ley”. Pero sería injusto culpar al dramaturgo inglés por este accionar. Sería desconocer un tipo de filmografía estadounidense que propugna, ficcionalmente hablando, la justicia por mano propia.

Es esta una película de personajes, centrada en los mismos. En la historia, se asemejan y contrastan personajes. Se complementan sus roles. Podemos pensar en Wyatt y Doc, en Chihuahua y Clementine. En los hermanos Earp y la familia Clanton; ya de movida se sabía que estos últimos serían los malos de la película.

Y todo acontece teniendo esa peculiar geografía minimalista como fondo en donde resalta, hasta el hartazgo, impactante e incólume ese gran macizo de piedra, testigo silencioso de las pequeñeces humanas; montaña observante de esos seres perturbados que, a pesar de todo, intentan construir un mejor lugar para la vida, para las futuras generaciones.

Wyatt y Clementine se despiden, previo a los créditos finales. Promesas de reencuentros llenan nuestros corazones. Los buenos siempre ganan.

Patricio Irisarri

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