Por María Maseroni

*Texto publicado en la Revista El Faro, editada en 2007 por la Facultad Libre de Rosario y Homo Sapiens Ediciones.

Lunes por medio nos encontramos en el Salón Auditorio del Banco Municipal para asistir a “Poder y Obediencia”, la materia que dicta el profesor Eduardo Grüner, sociólogo, ensayista, crítico cultural…

Si bien es cierto que durante casi tres horas intentamos seguir el curso de los temas que nos propone Grüner, cursar no es la palabra exacta. Creo que sería más acertado decir que asistimos a clases magistrales. La categoría está bastante devaluada en el ámbito educativo. Parece que la imagen de alguien que con dedicación y cierto esfuerzo ha logrado agenciarse de algunas ideas y saberes y que con una cuota de generosidad, está dispuesto a pasárselos a unos fulanos que poco o nada saben del asunto, eso, parece estar un tanto mal visto. Se supone que la instancia educativa debe ser democrática, horizontal, igualitaria, con el foco puesto no tanto en quien enseña o en quienes aprenden, sino esa construcción compartida que va surgiendo precisamente de la interacción entre alumno-docente, pensando a éste último como un facilitador de procesos.

Todo eso está muy bien, pero me animo a afirmar que no es lo que ocurre en las clases de los lunes. Y lo celebro. Aclaro que Grüñer se esfuerza en puntualizar que podemos preguntar, interrumpir y participar, “haciendo esto entre todos”. Pero convengamos que de los presentes, quien más puede aportar sobre “Hegel y la dialéctica del amo y el esclavo” (por decir algo) es él. De modo que en mi caso voy dispuesta a escuchar, a aprender y a tomar notas, todas las que puedo y me permite mi estado físico y neuronal un lunes por la noche. Se trata de un intelectual sólido con pensamiento propio (de los que no abundan) dueño de dos de las manifestaciones más interesantes de la inteligencia: el humor y la ironía, ¿por qué razón interrumpirlo? Personalmente prefiero callar y me sumo con alegría a la ceremonia clásica del aprendizaje.

Hasta aquí puede parecer que estoy haciendo apología del sistema decimonónico de enseñanza o que me inclino por una especie de “dictadura del conocimiento”, con el profesor entronizado como un dios del saber.
En realidad lo que estoy tratando de rescatar, es precisamente, la ceremonia.

Esta que propone la Facultad Libre y que pivotea entre lo clásico y las demandas de los tiempos que corren; entre la cátedra prestigiosa y la capacitación “taylor made” para gentes con algún recorrido, ya cansadas y porqué no, un poco desencantadas. Fiel representante de su época, FLR es un producto que encuentra su nicho en los intersticios, en las grietas (siempre queda bien usar esta palabra) que deja el sistema. No se trata de una institución educativa formal, con sus exámenes, sus notas sus diplomas y su burocracia consagrada a darnos un lugar reconocido en el mundo, pero comparte los rituales de la academia: el profesor, las aulas, los programas, los apuntes. Pone énfasis en la actitud voluntaria del estudio, dando por sentado que no siempre hemos podido estudiar libremente, por el íntimo placer de hacerlo, sin estar compelidos por las fechas para rendir y la necesidad de terminar para empezar a trabajar. Pero nunca falta la lista de asistencia antes de entrar a clases.

Entonces más allá de su oportuna hibrides, parte del atractivo y del acierto de Facultad Libre de Rosario es el haber generado un espacio sui generis pero no tanto, que nos permite encontrarnos, vincularnos, re-ligarnos, usando como aglutinante a los nombres reconocidos del pensamiento nacional. Y resulta evidente que estaba haciendo falta. Con sus sombras y sus luces, con sus lógicos altibajos, esta propuesta logra reunir a Ferrer, Ritvo, Abraham Rozitchner, Grüner, González (por citar sólo algunos) y a la vez se da permiso para organizar –por ejemplo- una “choripaneada literaria”, dándonos a los aficionados a la escritura la oportunidad y el gusto de leer nuestros textos en público. La intención es tan evidente, que como pasa con las buenas ideas, uno se pregunta cómo es que a nadie se le había ocurrido antes.

Pero volvamos a la clase. Cuando me miro y miro a mis compañeros, no puedo dejar de pensar que todos tenemos trabajos, ocupaciones, cansancio, cuentas que pagar, familias que reclaman y cientos de pequeñas obligaciones. Al final del día bien podríamos estar descansando, mirando Montecristo o tropezando casi sin querer con una de esas increíbles escenas de “Bailando por un sueño”. Y nadie podría echárnoslo en cara. Sin embargo a las 10 de la noche, ahí estamos, los ojos atentos, el anotador especialmente comprado en mano, la actitud concentrada, tratando de entender, porqué la tragedia de Edipo no es lo que ignora sino lo que sabe, por qué el libre contrato nos hace esclavos, por qué el devenir de la historia es dialéctico.

Y lo estamos haciendo porque sí, porque tenemos ganas, porque nos gusta.

Porque lo hemos elegido. No hay diplomas, ni notas, ni un título esperando al final del camino. Lo máximo que conseguimos es el reconocimiento de los amigos: “mirá vos qué bien, yo a esta altura ya no me lo banco”.
Los que tomamos estas clases asistimos a un pequeño ritual ya necesario, que incluye el café de las ocho y media, la pregunta por las fotocopias, el tema de la clase anterior a la que no pude venir y eso que dijo, que la verdad, no entendí bien.

Como comentó en la última clase una compañera, Analista de Sistemas ella, “yo nunca había estudiado estas cosas… no me imaginaba que tenían tanto que ver con lo que pasa en el país…”
Es cierto. Vamos, que ya entró el profesor.

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